Trato de aplicar ese viejo consejo de mirar hacia un punto fijo para no marearme, pero tu nombre da más vueltas en mi cabeza que este ciclo de replanteamientos, sobre lo que delira en el espejo, o a quien pertenece esa sombra que viaja junto a mí, al final logro saber que es mía, pero la tuya continúa en los parajes de la incertidumbre. En este juego no hay culpables, solo cómplices de la magia de desbocar un deseo, un placer que pareciera ser pecado negarnos, mas he escuchado y leído muchas historias, en donde solo la carne tiene voz en circunstancias como estas, donde el personaje principal es el sudor y el Jazz suave, donde los compases de ese ritmo no se permiten ver juntos el sol, donde todo nace y muere una misma noche, sin embargo seguimos rompiendo el paradigma, sin embargo hay una ley que no paramos de quebrantar, pues lo que habita en esta historia, lo que paga nuestra cuenta es ese soplo ligero y cálido que roza nuestra piel y deja espacios, donde ambos identificamos lo que nació y sigue existiendo de manera impuesta. No pareciera haber más que una enorme similitud con un fantasma de amor, que no acepta su muerte y continúa vagando, que se instala en nuestras mentes e incita a nuestros cuerpos a seguir hirviendo mutuamente, sería sencillo darle el adjetivo de la lujuria, pero la lujuria arde con el nuevo sol y se detona con un único propósito, es aquí donde la comparación inclina la conclusión a una sola respuesta, lo que sentimos no se apaga con orgasmos, no se apaga con deseo, no se paga a crédito, reside violentamente en una realidad atormentada, frenada por el rumbo de una decisión que nos sigue manteniendo lejos.
Trato de aplicar ese viejo consejo de mirar hacia un punto fijo para no marearme, pero tu nombre da más vueltas en mi cabeza que este ciclo de replanteamientos, sobre lo que delira en el espejo, o a quien pertenece esa sombra que viaja junto a mí, al final logro saber que es mía, pero la tuya continúa en los parajes de la incertidumbre. En este juego no hay culpables, solo cómplices de la magia de desbocar un deseo, un placer que pareciera ser pecado negarnos, mas he escuchado y leído muchas historias, en donde solo la carne tiene voz en circunstancias como estas, donde el personaje principal es el sudor y el Jazz suave, donde los compases de ese ritmo no se permiten ver juntos el sol, donde todo nace y muere una misma noche, sin embargo seguimos rompiendo el paradigma, sin embargo hay una ley que no paramos de quebrantar, pues lo que habita en esta historia, lo que paga nuestra cuenta es ese soplo ligero y cálido que roza nuestra piel y deja espacios, donde ambos identificamos lo que nació y sigue existiendo de manera impuesta. No pareciera haber más que una enorme similitud con un fantasma de amor, que no acepta su muerte y continúa vagando, que se instala en nuestras mentes e incita a nuestros cuerpos a seguir hirviendo mutuamente, sería sencillo darle el adjetivo de la lujuria, pero la lujuria arde con el nuevo sol y se detona con un único propósito, es aquí donde la comparación inclina la conclusión a una sola respuesta, lo que sentimos no se apaga con orgasmos, no se apaga con deseo, no se paga a crédito, reside violentamente en una realidad atormentada, frenada por el rumbo de una decisión que nos sigue manteniendo lejos.
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