II
En el fondo de la estancia la sombra era enorme y de apariencia extraña, las telas seguían en la misma posición, una tras otra, amontonadas en los rincones. Había ocurrido algo muy grave con los anteojos y las pastillas, ahora todo era diferente en la vieja casa, los pasillos corrían en diversas direcciones, las paredes estaban desgastadas y los espejos en pedazos esparcidos por todas las habitaciones. Por la ventana se asomaban pequeñas siluetas provenientes de los patios más próximos, donde el viento azotaba a las ramas y las aves parecían orar al unísono. Pero la sombra no era solo eso, había algo que la hacía especial, ese algo eran sus cuatro dimensiones, ¿Cómo lo sé?, simple:
“Era tan alta que su copa se perdía directo hacia la profundidad del cielo nocturno, era sin duda (además) un horizonte completo en el que se contaban los pasos y los hombres, era profunda como el abismo de su existencia, y era un pase directo al amanecer, uno nuevo, que daría final al último de mis sueños.
“Era tan alta que su copa se perdía directo hacia la profundidad del cielo nocturno, era sin duda (además) un horizonte completo en el que se contaban los pasos y los hombres, era profunda como el abismo de su existencia, y era un pase directo al amanecer, uno nuevo, que daría final al último de mis sueños.

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