I
Faltaba poco para el final de la función, sin embargo mis piernas no descansaban, me atrapó la ansiedad que provocaba querer abrir aquella puerta y encontrar la respuesta al otro lado. Mi pregunta era simple:
“¿De dónde provenía esa sonata que resonaba en las cavidades de la noche hasta llegar a lo más profundo de mi mente, quién tocaba esa afilada música más parecida al crudo rose de mis molares?”
El sudor comenzó a bajar por mi frente fruncida, tambaleante, en determinado momento al olvidar secarla una gota golpeó mi ojo izquierdo produciéndome un ardor terrible, mas no encontraba excusa para poner atención a mi dolor, y no podía evitar mirar hacia la puerta en repetidas ocasiones, para observar las notas escapándose por las hendijas, como ases majestuoso de luz.
Entonces fue demasiado tarde, tomé mi saco, mi sombrero y un viejo paraguas herencia de mi problema con el juego, retirándome así lo más rápido que pude. Parecía saber con precisión cuantos pasos faltaban para llegar a la puerta, que me llamaba a gritos afinados y dulces; faltando ya muy poco para llegar, mi carrera se vio interrumpida por un paso en falso y tropecé, mientras caía recuerdo haber estirado el brazo izquierdo con fuerza tratando de alcanzar la perilla y así revelar la identidad de quien hacía vibrar las fibras más finas de mi existir. Pero el intento aunque bien intencionado fue en vano, al caer al piso la música se detuvo aparatosamente.
Se acabó la función con un simple despertar, el insomnio reapareció y yo trataba de recordar las notas que se escapaban en forma de luz por debajo de la puerta, tiempo después llegué a pensar, que las mejores obras no se escriben en el papel.

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