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Cuando pasaba por el borde del ladrillo número dos cientos once tuve esa extraña sensación de resbalar, por lo que debí ser más rápido que la energía, me sostuve y acepto que mi rostro debió ser gracioso. Había gente, alguna esperando y otra resignada, alguna mojada y esperando. No era cuestión de suerte, eligieron quedarse ahí construyendo su sueño entre el sueño y la aspereza de sus manos. Habían tomado la pala y hecho un agujero, habían gastado su agua en regar semillas ajenas, por eso seguían esperando su pago por naufragio de inspiración. Ahora viven aquí, después del ladrillo número dos cientos once, donde resbalé y al caer pude darme cuenta que yo también esperaba, todos esperábamos, esa fila para el trozo de pan se extendía más que el mismo boyo que se iba a repartir, hicimos una fila en un terreno inestable, donde la fila estaba resignada y esperando, algunos mojados, yo me lancé directo al charco.
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