Prosa suelta (2004)

He revisado uno a uno mis pensamientos, traté de trazar líneas sobre ellos, de encontrar una figura que se negaba a aparecer para dar algo de sentido a mi insomnio.
La ubicación de los objetos era fría y de una perfección exquisita, tenía a mano un lápiz, una guitarra y una fina hoja de metal cubierta hasta el asa por una ••••• amarilla y seca. Me remonte hacia unos instantes atrás cuando recién llegaba a casa, cuando la noche era incierta y obviamente trágica. Mi estado era deplorable, aparte del vacío que embargaba mi pecho había una ligera contracción cardíaca que tomaba fuerza de mi aflicción, sentía claramente los efectos que produjeron en mí tantos excesos al unísono, recorría mi mente una pieza musical que debía transformar en realidad, pero no fue así.
Sentí que cada escalón se tornaba en mi contra, mis pasos eran errados y en ocasiones solo me hacían retroceder, conté dieciocho escalones que para mi fortuna no eran más que nueve, veía a la misma mujer ser dos y alejarse lentamente, entendiendo quizá tan poco como yo lo que sucedía alrededor, no era yo quien actuaba, no era yo quien quería mencionar algo que cambiara las cosas, con un grito, con una herida mortal, con un golpe que tendiera las manos y la cabeza al mismo tiempo. A partir de ahí todo en mi memoria es un espacio en negro, o más bien en rojo, una pérdida voluntaria de todo sentido, Una vez despierto (aunque no del todo) descubrí esos tres objetos, y junto a cada uno otro que le acompañaba:
A un lado del lápiz yacía un intento fallido de escrito, una indefinición de líneas carentes de razón que parecían nombrar una despedida, junto a la guitarra otra hoja con un nombre impreso: “Timotina Labinette”, y aun lado del cuchillo mi mano abierta suponía haberlo tomado y provenir de mi costado izquierdo, donde dibujé con metal a la propia muerte.
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